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Jerduñe a Seima, en La Gomera

Desde el enlace con el camino (900 m de altitud), al inicio de la carretera en dirección a Playa Santiago, hasta el pueblo de Seima (550 m) hay poco más de cinco kilómetros que se pueden recorrer en algo más de dos horas.
El lugar denominado con precisión Casa del Lomo, al borde de la carretera de la degollada de Peraza a Playa Santiago, parte este camino al borde de un lomo y deja atrás una solitaria casa. Un camino empedrado que transcurre en su inicio y durante un largo tramo por la margen izquierda del barranco de Chinguarime. Entre los ladridos lejanos de algún perro damos los primeros pasos descendiendo por el sendero. Ladridos que proceden del caserío grande de Jerduñe, llamado por los lugareños Mequesegüe, y situado unos cientos de metros a la derecha junto a un palmeral, en la cabecera del barranco de Chinguarime.
El caserío pequeño que también es Jerduñe, pero se llama Berruga, sí se cruza con el camino, minutos después de una fuente preparada para dar alivio y calmar la sed de personas y animales, con su bebedero para éstos y una latita con asa de verguilla que aquéllos pueden introducir tras el hueco que forman las piedras.
Poco más de media docena de vecinos forman el censo de Jerduñe [en 1995, cuando se sitúa este relato], incluyendo a los dos únicos vecinos de Berruga, ocupando una vivienda tradicional junto a otras que muestran ya los síntomas del abandono y la migración. Junto a las casas, unos llanos que se cultivan de papas y que, en su mayoría, ya no se trabajan. En los últimos llanos cultivados el único hombre de Berruga prepara los surcos de donde saldrán unas matitas verdes que esconden, bajo tierra, el preciado tubérculo de dieta tan socorrida. La única mujer colabora en diversas tareas al tiempo que reúne leña para cocinar.

Candela
Deben acondicionar los terrenos antes de cada siembra, por eso “tendría que dar fuego a los paredones”, dice él refiriéndose a esos muros de piedra que señalan los límites de cada llanito, “pero el jumo asusta a la gente y enseguida vienen los guardias a ver qué pasa”. El humo causa alarma desde lejos a quien lo divisa, más en una isla como ésta, donde incendios de triste recuerdo han arrasado hectáreas de bosques y, en algún caso, segado vidas. Sin embargo, pastos, rastrojos y hojas secas de palmeras hay que eliminarlos para reducir esos riesgos. “Antes había aquí sembrados y carboneo y no había fuego ninguno”, explican los últimos vecinos de Berruga, pero, abandonados los campos y sin los cuidados que antes se le hacían, la vegetación crece más libre, pero también con más riesgos para sí misma. “Es que si no se limpia el terreno y hay un fuego, entonces sí que se enchurrusca todo con la candela”.
La vegetación natural que observamos donde comienza esta ruta incluye escobones, jaras, tabaibas, tajinastes, veroles y un largo etcétera, mientras, en dirección a los riscos de la Fortaleza, pegados al estrecho pero seguro sendero por el borde del barranco de Chinguarime, aparece otra más termófila de transición, rupícola y alguna propia del monteverde. Más tarde, en zonas más soleadas, se añaden el espliego, más jaras y tabaibas y algunas palmeras, cuando accedemos a un relieve llano dedicado en el pasado a cultivos y hoy sólo son pastos y paredones.
Cruce y dos opciones
Justo unos metros antes habremos pasado junto a algunas de las numerosas construcciones que acompañan estas extensiones amesetadas que llevaron más allá de donde alcanza la vista los cultivos de cereales. Las casas-cueva de Tacalcuse, pegadas a las rocas del risco, aprovecharon de éste incluso su roca volcánica para instalar el horno. La protección de las paredes rocosas termina aquí, pero no el camino, que sigue descubierto y siente pronto la fuerza de un viento que agita el pasto y nos sitúa ante un cruce con dos opciones.
A la izquierda se dirige a la hoya de Morales, a la derecha hacia Contreras rumbo a Tecina. La hoya de Morales es nuestro siguiente destino, entre algunas construcciones desperdigadas que no son sino el adelanto de lo que fue un importante núcleo poblacional: Seima. Hasta él debemos descender observando cada vez con mayor detalle la ruina de un pueblo de casas pequeñas, alineadas en diversos niveles, con sus huertos abandonados y los techos hundidos. El último de sus habitantes lo abandonó [mucho] antes de que la década de los noventa [cuando llegamos] pasara factura al calendario. Su estructura conserva la distribución y organización de un poblado, dedicado por entero a una agricultura y ganadería tradicionales, que se mantuvo aislado hasta el último momento de vida en su interior.
[Texto y fotografías: Yuri Millares. Más información de este sendero en la revista Pellagofio.]





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